CENTRO DE INVESTIGACIONES DE ECONOMIA INTERNACIONAL

UNIVERSIDAD DE LA HABANA

 

 

 

 

REFORMAS FINANCIERAS EN AMÉRICA LATINA:

LOS PARADIGMAS TEORICOS.

 

 

 

AUTORA: Dra. MERCEDES GARCIA RUIZ

                                                                                         Profesora Titular

 

 

 

 

Informe Primer Resultado Proyecto PCTN

“ECONOMIA MUNDIAL Y RELACIONES INTERNACIONALES”

 

 

 

 

 

 

 

                                                     La Habana, 2003
INTRODUCCION

 

La liberalización del sistema financiero doméstico y la apertura de la cuenta capital formaron parte del amplio proceso de reformas que tuvo lugar en muchos países en desarrollo a partir de los años ochenta. Ambas medidas, con diferente dimensión, perseguían vencer obstáculos para que las economías se independizaran del control estatal en la esfera financiera y operasen según las reglas del mercado, pretendiendo de ese modo alcanzar un estadío superior en las relaciones de producción, mejores niveles de vida  y una inserción más plena en la economía internacional.

 

Tradicionales resistencias a la liberalización de sectores protegidos han sido superadas en el transcurso de las últimas décadas, ya sea por convicción propia de los gobiernos nacionales o por las presiones ejercidas por organismos internacionales. Pero, en todos los casos, ha sido determinante la influencia de ciertas corrientes del pensamiento económico contemporáneo que defienden a ultranza las bondades del mercado como medio para alcanzar la eficiencia y mayores ritmos de crecimiento.[1]

 

Sobre los mitos y falacias de algunas de las más importantes teorías que inspiraron las reformas financieras en la región, trata este trabajo. 

 


 

Liberalización versus represión financiera. 

 

Viejas y nuevas ideas sobre el papel de las instituciones y los mercados financieros en el proceso de acumulación de capital, toman fuerza y son muy debatidas desde los primeros años del decenio de los setenta.

 

En ese contexto se destacaron los planteamientos de Ronald I. Mckinnon y Edward S. Shaw, cuyo enfoque financiero del desarrollo económico devino en la nueva ortodoxia de influyentes círculos académicos estadounidenses y de los organismos financieros internacionales que marcan las pautas básicas para las políticas económicas de los países en desarrollo.

 

Mckinnon y Shaw, son los autores de la llamada “Teoría de la represión financiera” la cual establece un importante vínculo entre los procesos monetarios y la acumulación de capital, y plantea que la falta de liquidez en el mercado crediticio, limitación más importante a la expansión de las inversiones en el mundo en desarrollo, es producto de la intervención estatal en el sector bancario y los mercados de capital. (McKinnon, 1973 y Shaw, 1973).

 

Según la teoría, la represión es una situación en la que el mercado enfrenta severos obstáculos administrativos y de política económica para alcanzar una posición de equilibrio, y se caracteriza por un rígido control sobre el crédito, la tasa de interés y el encaje legal. La receta que estipula para superarla, y estimular el ahorro, la intermediación financiera y la inversión, es la desreglamentación de la actividad bancaria y la elevación de la tasa de interés.[2]

 

En su obra “Money and Capital in Economic Development” (1973), Mckinnon confiere particular importancia a las operaciones financieras regidas fundamentalmente por el sector bancario, y centra su atención en las distorsiones que caracterizan los mercados nacionales de capital en los países en desarrollo como resultado de lo que él llamó “síndrome de la intervención”.[3]

 

En consecuencia, propugna una liberalización plena con la que se traspasen los confines del autofinanciamiento prevaleciente y se canalicen fondos hacia los grandes y pequeños inversionistas a través de un sistema más costoso fundado en el crédito bancario.

 

Parte del supuesto que toda inversión no financiada con el ahorro previo de cada inversionista, deberá financiarse con el que está depositado en la arcas de los bancos, y plantea que el papel de éstos consiste, precisamente, en centralizar el ahorro y trasladarlo a los inversionistas a una tasa de interés determinada por la oferta y la demanda de fondos para préstamos. En ese sentido, el aumento de la tasa de interés constituye la pieza clave de su propuesta, aunque también considera oportunas otro tipo de medidas para incrementar el ahorro, como son la eliminación de los créditos selectivos y la homogeneización o supresión de los coeficientes de encaje.[4]

 

Según McKinnon, en condiciones de abundancia de préstamos, las tasas de interés elevadas (pasivas y activas) crean el dinamismo necesario para el desarrollo, al provocar un mayor ahorro neto y desviar la inversión de usos inferiores. Por el contrario, con una política de bajas o negativas tasas de interés sobre los activos financieros en situaciones de poca disponibilidad de préstamos, es muy probable que no se logre ni una cosa ni la otra. (McKinnon, 1973).

 

A diferencia de las estrategias de desarrollo económico vigentes en aquella época que insistían en la escasez de capital y defendían abultadas transferencias de ayuda exterior (afluencia de capital o subsidios por parte de países industrializados), o de las que privilegiaban los problemas asociados a los factores reales (capital físico, capacidad administrativa u otros) con la casi absoluta exclusión de los financieros a excepción de los que se derivaban de la escasez de divisas para importar, la teoría de la represión ve la raíz de los problemas de los países en desarrollo en la forma fragmentada en que funcionan sus mercados de capital.

 

Se contrapuso particularmente a las posiciones keynesianas y monetaristas que en aquel momento eran aceptadas como explicativas de los procesos monetarios y financieros. Con la primera, porque se concentraba en variables diferentes y tenía una orientación más a corto plazo, y con la teoría neoclásica del crecimiento, porque la misma daba por supuesto que los mercados de capital eran esencialmente “perfectos”, negando la abrumadora fragmentación de las tasas de interés que caracteriza la estructura financiera de los países en desarrollo. (Mckinnon,1973)

 

Respecto a la teoría keynesiana, se observan significativas diferencias en cuanto al papel que ésta le confiere al ahorro monetario. Para Keynes, es un equívoco identificar ahorro con depósitos y activos financieros pues considera que no existe una relación a priori entre los activos financieros totales que valorizan los saldos superavitarios de los agentes económicos y el flujo de ingresos vinculado a un acto de inversión, que es lo que él concibe como ahorro real.[5] (Keynes, 1935)  

 

Su visión excluye la hipótesis de que la inversión exige un acto previo de ahorro, equiparado por la tasa de interés y argumenta que la inversión es una variable dinámica que depende de las expectativas que tienen los empresarios sobre los rendimientos futuros. Es el nivel de ingresos, y no la tasa de interés, lo que asegura la igualdad de ahorro e inversión, según Keynes.

 

El tema de las tasas de interés suscitó fuertes controversias. Mientras los keynesianos afirmaban que con tasas de interés altas el ahorro tendía a superar la inversión y como resultado se producía desempleo, McKinnon y Shaw sostenían que las tasas artificialmente bajas en lugar de promover el desarrollo lo inhibían al deprimir el nivel de ahorro y reducir con ello los recursos disponibles para la inversión.

 

En relación a la teoría neoclásica del crecimiento económico (monetarista), discrepaban de la existencia de mercados de capital en países en desarrollo operando en competencia perfecta, sobre la base de ciertas hipótesis poco realistas. Entre éstas: ausencia de costos de transacción en los mercados, libre acceso de los inversionistas a toda la información sobre los valores, y expectativas homogéneas de los inversionistas sobre el rendimiento y el riesgo de los activos.[6]

 

Para los teóricos de la represión los mercados no funcionaban de ese modo y se caracterizaban por un alto grado de fragmentación. Que los mercados operasen en forma fragmentada significaba para ellos la presencia de agentes con potenciales oportunidades de producción, pero carentes de recursos propios u otro tipo financiamiento, y la de agentes con suficiente capital sin alternativas atractivas de inversión interna. Son mercados donde, en virtud de una gran incertidumbre, la estructura de las tasas de interés se distorsiona hasta el punto que no refleja las preferencias temporales de la comunidad.[7]

 

En ese escenario, la intervención pública mediante diversas políticas fiscales, monetarias y financieras, se concebía como el mecanismo que permitía atenuar la incertidumbre reinante y corregir las fallas del mercado, pero de hecho las agravaba e impedía mayores niveles de ahorro. Según expone Mckinnon, la intervención no tenía una trayectoria adecuada y se materializaba en políticas que, lejos de facilitar paulatinamente las operaciones activas y pasivas de las entidades financieras, las reprimían activamente.[8]

 

Otro tema incluido en las recomendaciones de los teóricos de la represión es la apertura externa. A pesar que tanto Shaw como McKinnon coincidían en la necesidad de la apertura, divergían en cuanto a su carácter secuencial y temporal. El primero fue partidario de un proceso continuo en el que las medidas de liberalización se emprendieran de manera simultánea, mientras que McKinnon defendía un orden secuencial en el que tuviese preferencia la liberalización interna y la apertura comercial y luego de la consolidación de ambas, la apertura de la cuenta capital de balanza de pagos.

 

McKinnon plantea que la represión financiera, al deprimir el ahorro interno, genera presiones para acudir al capital extranjero, y en esas circunstancias, reconoce la utilidad del mismo como complemento del ahorro y para identificar oportunidades de inversión rentables que de otro modo se desaprovecharían. Asimismo, admite que el capital extranjero es necesario para mitigar la necesidades de divisas que existen en los países en desarrollo producto de un comercio exterior también reprimido.[9]

 

No obstante, manifestó reservas con relación al capital extranjero, entre otras cuestiones por: el monto desproporcionado de repatriación de utilidades que genera respecto a su contribución real, sus efectos sobre el desarrollo de las empresas nacionales (“el aprender haciendo se cambia por el aprender observando”), el desaliento que provoca para la organización eficientemente de los sistemas financieros internos, la revaluación cambiaria que origina, y la dependencia que estimula en la industria al consumo importado de numerosos insumos y de bienes de capital. (McKinnon, 1973).

 

Vista en su conjunto, sin hacer un análisis pormenorizado de sus postulados, la teoría de la represión presenta inconsistencias que de algún modo la debilitan como medio para incrementar el ahorro y la inversión, que es su máxima aspiración. A continuación, varias de sus limitaciones:

 

Siguiendo la teoría neoclásica, asume que las decisiones de inversión son independientes a la estructura de financiamiento[10], y minimiza el papel que en esa tarea desempeña el capital propio de la empresa (fondos y beneficios retenidos, emisión de acciones, etc), cuya magnitud puede ser determinante en la nueva inversión y es relativamente independiente del proceso de intermediación financiera.

 

La liberalización de las tasas de interés y la mayor oferta de créditos que ella produce, según la teoría, no es garantía total para el incremento de la inversión financiada con préstamos. La mayor disponibilidad de crédito para inversión no solo está en función de su oferta en el mercado interno pues el nivel de apalancamiento financiero de la empresa (deuda/fondo de accionistas) y las exigencias de garantías por parte de los acreedores, se erigen también como restricciones básicas para acceder a este tipo de financiamiento.

 

Pone énfasis en la importancia que tiene la intermediación del sistema bancario para el proceso de ahorro-inversión, sin valorar en toda su dimensión el papel de otras instituciones e instrumentos financieros que ofrecen oportunidades de inversión en las que las ganancias de capital, más que los intereses por depósitos, suministran el incentivo para ahorrar.

 

Suponer que, en un período dado, la tasa de interés es el factor más importante del ahorro y la inversión, es cuestionable. Existe un conjunto de elementos que también son esenciales en el comportamiento de ambas variables, tanto a nivel macroeconómico, como de empresa: nivel de actividad empresarial (volumen de ventas, capacidad instalada, nivel de acumulación interna, disponibilidad de mercados), la inflación actual y esperada, y las expectativas de crecimiento económico, entre otros.

 

Una tasa de interés elevada como propone la teoría, estimula el riesgo y puede socavar la base de acumulación al desviar el excedente de los canales de producción a los de la especulación. Con la disminución de la acumulación cae la producción y el ingreso, y como resultado, el ahorro, considerando a éste como un producto de la capitalización del sistema en contra de lo que dice la teoría de la represión que lo antepone a la inversión. Proyectos con tasas de retorno muy altas pueden ser ventajosos para el prestamista, pero no para la sociedad.

 

Dejar en manos del mercado el proceso de asignación de crédito mediante la libre determinación de la tasa de interés, es peligroso también para la propia estabilidad de las instituciones financieras. El aumento de la tasa de interés puede llevar al deterioro de la calidad de los prestatarios bancarios, pues los que están dispuestos a pagar más, no necesariamente representan la mejor tasa de retorno para el prestamista debido a que el mayor costo del préstamo incrementa la probabilidad de atrasos en los pagos y el riesgo de moratoria.

 

Que los organismos gubernamentales dejen de fijar las tasas de interés en virtud de la liberalización, no supone una intermediación financiera eficiente. La presencia en el mercado de grandes consorcios bancarios fijando las tasas de interés cuando el gobierno deja de hacerlo, y el débil desempeño administrativo de los intermediarios expresado en carteras vencidas y racionamiento voluntario del crédito, afectan de modo importante el proceso de intermediación para el financiamiento de la economía.

 

Además, en el caso particular de América Latina, la teoría de la represión resulta deficiente porque defiende la liberalización interna y externa como única vía para alcanzar la profundización financiera, sin prestar la debida atención a rasgos muy importantes de estas economías.

 

La notable inestabilidad e incertidumbre que las caracteriza, constituyen factores fundamentales que distorsionan las relaciones entre deudores y acreedores, impiden que los agentes económicos hagan previsiones con un mínimo de certeza, e incapacitan a los mercados para generar una corriente de capital que estimule significativamente la tasa de inversión.[11]

 

Por lo tanto, el insuficiente desarrollo de los sistemas financieros nacionales y los problemas de volumen, plazos y condiciones de crédito, no son estrictamente atribuibles a la “represión” a la que está sometido el mercado por parte de las autoridades, y la solución es más compleja de lo que predice la teoría.

 

 La responsabilidad de promover el ahorro, asignar eficientemente los recursos e incrementar la inversión no recae solo sobre el sector financiero, y además, para que éste funcione normalmente no basta con reorientar la actividad de las instituciones existentes, se necesitan otras medidas de política económica.

 

 

Diversificación de carteras y libre movilidad de capitales.

 

La visión convencional sobre la apertura financiera al exterior enfatiza en las ganancias que con este proceso se obtienen en contraposición con las limitaciones que supone operar en los estrechos marcos nacionales. Amplia diversificación de las carteras, incremento del ahorro y buena asignación de los recursos, son beneficios que de modo infalible se lograran con la liberalización externa, según argumentan algunas de las teorías más apologéticas.       

 

La teoría neoclásica del mercado de capitales vincula el rendimiento esperado por el inversionista con el riesgo de la inversión, y presenta un enfoque atractivo para la administración del portafolio, la evaluación de activos y los criterios de inversión. Suponiendo la existencia de mercados de capital perfectamente competitivos, propone la diversificación de la cartera como medio para que los inversionistas eleven su rendimiento y minimicen los riesgos.[12]

 

Con la diversificación, el inversionista aminora el riesgo de una tasa esperada de rendimiento o incrementa el rendimiento al aceptar un nivel dado de riesgo. Ante la posibilidad de inversiones exentas de riesgo y carteras integradas en su totalidad por activos riesgosos, es preferible una combinación de ambas, de modo tal que se equilibre el riesgo con la variación del rendimiento.[13]

 

El criterio es claro: dividir la riqueza entre una gama más amplia de activos implica disminuir la cantidad de dinero que se tiene en cada uno de ellos, y por lo tanto, reduce el riesgo del rendimiento de la riqueza. Como planteara el economista James Tobin, la diversificación significa “no poner todos los huevos en la misma cesta”. (Krugman y Obstfeld, 1999)

Partiendo del hecho que los mercados financieros domésticos pueden presentar características -reducido tamaño tanto en número de participantes como de transacciones, regulaciones inadecuadas, limitaciones de información y de infraestructura, y ausencia de analistas competentes- que los hagan incompatibles con la aspiración de una amplia diversificación, la teoría respalda la apertura de la cuenta capital de balanza de pagos (títulos de deuda, inversión en cartera y directa) como vía para alcanzar un nivel óptimo de diversificación de carteras y de riesgos.

 

El argumento tradicional es que la movilidad internacional del capital posibilita a los agentes económicos la tenencia de activos externos que les reportan altos rendimientos, y con los que además, pueden protegerse de perturbaciones que afectan exclusivamente a sus economías de residencia. Variaciones imprevistas en los precios claves de la economía pueden evadirse con la tenencia de derechos sobre el exterior, y de ese modo, alcanzarse ingresos más estables.

 

Asimismo, la ausencia de restricciones al endeudamiento externo permite que empresas, individuos y gobiernos capten recursos del exterior cuando el mercado interno es poco profundo y no es capaz de suplir sus requerimientos financieros. Endeudarse con el exterior puede suponer, incluso, condiciones más favorables que las garantizadas por los prestamistas nacionales en términos de costos y plazos, y por tanto ser más funcionales a la capacidad de pago del prestatario.

 

Más allá de los beneficios que reporta la apertura de la cuenta capital en términos de diversificación de activos y pasivos, los defensores de la misma arguyen que, tal como lo demuestra la experiencia de los países más industrializados, la libre movilidad del capital constituye un paso inevitable en el camino hacia el desarrollo (Fisher, 1997).

 

 

 

Entre los elementos que avalan tal afirmación, se encuentran:

 

Facilita la canalización del ahorro externo y su asignación más eficiente.

Permite a países con insuficientes niveles de ahorro y necesidades de inversión productiva atraer financiamiento para sus proyectos.

Posibilita el financiamiento compensatorio ante choques externos que desestabilizan la economía interna.

Promueve el comercio intertemporal.

Garantiza un flujo de información internacional sobre oportunidades de inversión.

Disciplina las finanzas y la macroeconomía del país ya que los flujos internacionales de capital “premian” las buenas conductas y “castigan” las malas.

La mayor competencia con capitales externos, desarrolla el sector de servicios financieros (menores costos en la intermediación y mayor calidad).

 

Sin embargo, tales bondades deben ser matizadas ya que, aunque potencialmente válidas, se corresponden a una situación irreal de mercados perfectamente competitivos e integración financiera plena en condiciones de certidumbre sobre la estabilidad económica interna e internacional.

 

A nivel teórico se ha discutido mucho sobre los beneficios de la liberalización, y la controversia refleja puntos de vista heterogéneos (en ocasiones abiertamente contrapuestos) sobre sí efectivamente la libertad de movimiento de capital garantiza la colocación eficiente del ahorro y fomenta la inversión productiva, atenúa los riesgos para los diferentes agentes, es consistente con los objetivos de estabilidad macroeconómica y crecimiento de las naciones, y garantiza una mayor información a los oferentes y demandantes de fondos, entre otras cuestiones relevantes. 

 

Los críticos aducen que los mercados internacionales de capital no son en la práctica tan eficientes como supone la teoría neoclásica y que, por el contrario, presentan fallas importantes. Plantean, con razón, que la naturaleza intertemporal de las transacciones financieras hacen a estos mercados uno de los más imperfectos en cuanto a información y control de riesgos, de ahí que las grandes virtudes que se le señalan a la integración financiera internacional no se produzcan automáticamente.

 

La asignación eficiente de los recursos a escala mundial se logra si los mercados de capital son capaces de valorar apropiadamente a lo largo del tiempo el rendimiento de los activos que ellos intermedian, es decir si lo actualizan sistemáticamente. Si no lo hacen, como sucede a menudo, y establecen precios incorrectos, se originan distorsiones en las decisiones de inversión que provocan asignaciones de capital excesivas o insuficientes (respecto a la rentabilidad implícita) para determinados receptores, con graves repercusiones para empresas y países.[14] (Devlin, Ffrench-Davis y Griffith-Jones, 1995)    

 

No es tarea fácil determinar si los cambios que se producen en las condiciones de los países y por tanto, en la rentabilidad de los activos, son definitivos o coyunturales, pero además, en un contexto de mayor diversificación e integración de los mercados, los inversionistas tienen menores incentivos para el análisis individual de los países que en una situación de escasas oportunidades de inversión (Calvo, 1995). Ello genera incertidumbre y acrecienta el problema de información asimétrica que es típico del mercado financiero.

 

La integración de los mercados distorsiona aún más la información y profundiza los problemas de selección adversa, riesgo moral y comportamiento en manada de los inversionistas, los cuales traen aparejados elevados costos para la producción y el bienestar general. (Eichengreen y Mussa, 1998).

 

Que la información en el mercado sea asimétrica quiere decir que una de las partes de la transacción financiera cuenta con mayor información que la otra, ello conduce al peligro de seleccionar proyectos de inversión de alto riesgo que induzcan cuantiosas pérdidas en la cartera del inversionista por muy diversificada que ésta sea. Adicionalmente, y por el mismo motivo, se produce el problema de riesgo moral, cuando el inversionista asume actitudes muy riesgosas con la confianza que si fracasa será rescatado.[15]

 

Las barreras en la información también explican el comportamiento en manada de los inversionistas que se produce cuando unos siguen a otros pensando que éstos tienen mejor información, o lo que es lo mismo, cuando cada inversionista individualmente responde más por las acciones de otros que por la información privada de que dispone (Radelet y Sachs, 1998). Tal comportamiento lleva a violentos e impredecibles movimientos en los mercados financieros, con serias consecuencias para la estabilidad de los intermediarios, las economías y para la asignación eficiente de los recursos.[16]

 

La diversificación de los mercados, tan deseable por consideraciones de aversión al riesgo, hace que el efecto del rumor sobre los inversionistas aumente, pues a medida que el número de países destinatarios de inversión es mayor, resulta más costosa su verificación (Kaminsky, Lizondo y Reinhart, 1997). Así las inversiones se vuelven más sensibles a las noticias y por tanto, más volátiles.

 

Otro rasgo preponderante de los mercados financieros internacionales que atenta contra la libre de competencia dentro de sus marcos y la mejor asignación de los recursos, es su elevado nivel de concentración y centralización. Ello se manifiesta en la existencia de un número relativamente reducido de instituciones bancarias y no bancarias originarias de países industrializados, que concentran grandes sumas de capital y protagonizan importantes operaciones financieras en los mercados de valores, de préstamos y monetarios.[17]

 

El proceso de concentración del capital distorsiona la competencia debido a la influencia determinante que ejercen los grandes conglomerados financieros en el establecimiento de los precios del mercado, en la entrada de nuevas entidades y por ende, en la correlación entre la oferta y la demanda de fondos.

 

Además de las limitaciones inherentes al funcionamiento de los mercados internacionales, hay otros elementos que pueden descalificar la apertura de la cuenta capital y la integración financiera internacional como vía infalible para fomentar el ahorro y la inversión en los países en desarrollo. El modo en que se efectúa, el contexto en el que tiene lugar y la utilización que se le dé a los recursos externos, son determinantes para lograr la materialización de tales metas.

 

Así por ejemplo, el incremento del ahorro que deberían experimentar las economías en desarrollo que logren integrarse al circuito de flujos internacionales de capital, y que es casi la justificación por excelencia de la apertura, resulta inalcanzable sino se cumplen ciertos requisitos.

 

El círculo virtuoso del endeudamiento según el cual el ahorro externo incrementa la inversión y genera crecimiento, y con ello un mayor ahorro interno, se producirá si los flujos se canalizan en condiciones acordes con la productividad de los factores del país receptor y de forma estable, si los recursos se invierten eficientemente en la creación de capacidades de producción de bienes y servicios y no se desvían sistemáticamente al consumo, y si se privilegia el sector de bienes transables para obtener superávits comerciales.

 

Si por el contrario, los recursos externos no se destinan a fines productivos y no contribuyen realmente al incremento de la inversión, las exportaciones y el crecimiento económico, el país no estará en condiciones de generar suficientes divisas para pagar la deuda contraída y se generará un círculo vicioso de endeudamiento que resulta muy costoso y difícil de superar.[18]

 

Diversos y graves problemas como son las crisis bancarias, presiones especulativas sobre la moneda nacional, excesivo endeudamiento, fuertes variaciones en los precios relativos de la economía, graves desequilibrios macroeconómicos y la mayor vulnerabilidad frente a cambios en los “sentimientos” del mercado, surgen y/o se exacerban cuando las economías se abren al exterior de forma súbita, mal concebida, con un sistema financiero débil y en un contexto macroeconómico inestable.[19]

 

Para el sector financiero, la apertura magnifica los efectos de políticas inadecuadas y constituye una amenaza a la solvencia de las instituciones bancarias cuando éstas se ven posibilitadas de contraer voluminosas obligaciones con el exterior sin una adecuada regulación ni protección contra el riesgo cambiario.

 

La liberalización incrementa el potencial de repentinas retiradas de capital, y las autoridades pueden verse forzadas a elevar la tasa de interés con la intención de sostener la paridad de la moneda nacional, provocando con ello afectaciones para los bancos y las firmas deudoras. Por otra parte, sin esa intervención la moneda puede sufrir una devaluación que también es muy dañina para el cumplimiento del servicio de la deuda en moneda extranjera.

 

Los procesos de liberalización externa son complicados y exponen al país a una relación de pérdidas/ganancias impredecible. Para potenciar sus beneficios y lograr reducir los costos, son necesarias medidas complementarias (macroeconómicas, de supervisión, monetarias, etc.) por parte de los países.

 

En conclusión, la preocupación central se fundamenta en la creencia de que con la internacionalización del capital se incrementa la posi­bilidad de riesgo sistémico porque el aumento de la competencia entre los agentes del mercado y su agresiva actitud para explorar fuentes de rentabilidad superior conlleva al desarrollo de una amplia gama de mecanis­mos para el arbi­traje y la especulación, y a la fuerte oscilación de las va­riables financieras.

 

Los instrumentos que se implementan para evaluar y trans­ferir el riesgo le dan cobertura a un agente en particular, por lo que el riesgo no se elimina para el sistema en su conjunto, lo que es grave tenien­do en cuenta la fragilidad del mercado debido a la concentración del ahorro mundial en un grupo relativamente redu­ci­do de inversionistas.

 

La paradoja consiste entonces en que la mayor apertura de los siste­mas financieros que supuestamente mejora las condiciones de financia­miento, tendrá que ir acompañada de mecanismos de supervisión per­feccionados que minimicen el riesgo sisté­mico y que adecuen el comportamiento de los agentes financie­ros a la nueva realidad macro­económica y las necesidades de inversión produc­tiva de los países.

 

El modelo neoliberal: apertura y privatización extrema.

 

La concepción neoliberal des­cansa en el criterio que la liberalización de los mercados es el factor que estimula el ahorro, la inversión y la productividad. En consecuencia, su enfoque se distingue por la defensa que hace a la ideolo­gía del libre cambio y a la desregulación comercial y financie­ra, desestimando las posiciones intermedias entre los extremos de la liberalización indiscriminada y el intervencionismo arbitrario. (Ffrench-Davis, 1999).

 

En sus planteamientos acerca del papel del Estado se pone de manifiesto con toda crudeza la verdadera filoso­fía del neoliberalismo que re­chaza cualquier injerencia en las fuerzas del merca­do. Considera que el Estado es rígido y burocrático, que inhibe la iniciativa privada y genera ineficiencia mediante los controles de tipos de cambio y tasas de inte­rés, las subvenciones y el proteccio­nismo. Por esta razón, impide la li­bre competen­cia y la adecuada distribución de los re­cursos.(Stiglitz, 1998)

 

Según esta lógica de pensamiento, el neoliberalismo propone disminuir el tama­ño y las funciones del Estado y, al mismo tiempo, privatizar las empresas y servicios públicos, liberalizar los precios y la tasa de cambio, y aplicar políticas generales de desregu­lación de la economía que guíen las decisio­nes de los actores econó­micos.

 

Des­confía en la capacidad de las em­pre­sas públicas y confía plenamente en la empresa privada na­cio­nal y extranjera con la convicción de que la empresa privada es mucho más eficiente que la pública debido a que tiene que asumir plenamente el riesgo de pérdidas de ca­pital a diferencia de las segundas que no ope­ran con ca­pital propio. Así, la privatización se erige como un fuerte puntal de la eficiencia económica y como una vía para reducir los déficits fiscales que se originan por la existencia de empresas estatales no rentables.[20]

 

Síntesis del enfoque neoliberal han sido las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

 

En el caso del FMI los programas de estabilización apuntan a frenar la demanda efectiva to­tal con medidas presupuestarias y moneta­rias res­trictivas. Las primeras persiguen incre­mentar los ingresos o re­du­cir los gastos fiscales en la búsque­da del equilibrio presu­puesta­rio, mientras que las mone­ta­rias imponen un límite a la expansión del cré­di­to.

 

Una segunda característica importante de estos programas neoliberales es la promoción que hacen al mecanismo de mercado a partir de la aplicación de medi­das que reduzcan la presencia del Estado en las transacciones internas y externas.

 

Ambas responden a varios motivos. En rela­ción a la restricción de la demanda se explica por la concepción monetarista en torno a los desequilibrios, según la cual el déficit de ba­lan­za de pagos y la infla­ción son desequilibrios genera­dos por una capacidad de deman­da superior a las posibilidades de la ofer­ta interna y la ca­paci­dad de importación, por lo que se le presta especial atención al crecimiento de la demanda y la oferta de di­nero, justificando su con­tención.[21]

 

Respecto a la preferencia por los mecanismos de mercado, la explicación hay que buscarla en la fe ciega que tiene el orga­nismo, como portavoz del neoliberalismo, en los efectos socialmente po­si­tivos de las fuerzas del mercado sobre la asig­nación de recursos y la dis­tri­bución de ingresos.

 

Con el transcurso de los años y a tono con la crisis de la deuda que vivían los países en desarrollo, la condicionalidad del FMI evolucionó y puso más atención al ajuste estructural. En éste revisten particular im­por­tancia las me­didas relacionadas con la oferta, como son la elimi­nación de distorsiones que fre­nan el crecimiento de las exporta­ciones, las encamina­das a aumentar la efi­ciencia del gasto pú­bli­co, las relativas a los pre­cios, y aquellas que su­pri­men las restric­ciones al sector privado y a la inversión extranjera.[22]

 

Tal como pregonaba el neoliberalismo, los países debían ubicarse en la senda del crecimiento sobre la base de una mayor competitividad en el sistema productivo, y para lograr ésta requerían flujos de capital extranjero portador de nueva tecnología.

 

Con relación al BM es necesario plantear que aunque prácticamente desde sus inicios pretendió cubrir un am­plio rango de cuestiones con su política crediticia, fue en la década del ochenta en la que su condicionalidad se reforzó y pro­puso la introducción de cambios sustanciales en las políti­cas de desarrollo de los países prestatarios con un prisma eminentemente neoliberal.

 

El objetivo quedaba explícito en los propios documentos de la entidad: lo­grar un crecimiento económico que estimulara la  moviliza­ción de fondos externos suficientes pa­ra financiar ajustes estruc­tura­les y al mismo tiempo pa­gar el servicio de la deuda externa, que es otro de los principios básicos de la concepción neoliberal.

 

El BM persigue modificar variables de natu­raleza diferente y evolución más lenta que aquellas sobre las que operan los condiciona­mientos de corto plazo del FMI, aunque éste último se preocupa cada vez más por cuestiones vinculadas a la estructura econó­mica de las naciones en desarrollo. En el corto plazo sí coinciden, pues el Banco considera apro­piado el uso de instru­mentos como el tipo de cam­bio y la tasa de interés para lograr la estabilización macroeconómica.

 

Para la movilización de recursos financieros internos y externos propone, además de la reforma impositiva, la revisión de la política de tasas de interés para esti­mular la intermediación financiera, incentivos a la inver­sión priva­da, y la eliminación de restriccio­nes a la inversión extranjera y otras fuentes externas de financiamiento. Respecto a esta última cuestión, un elemento fundamental de la estrategia neoliberal aplicada por el BM ha sido la promoción de polí­ticas que impliquen la apertura de la economía a la competen­cia externa, pues ve en la liberalización de los mercados el incenti­vo ne­cesario para atraer capitales del exte­rior y movilizar el ahorro.

 

A pesar de que el modelo neoliberal se concentra en problemas neurálgicos de los países en desarrollo, como son los grandes desequilibrios fiscales, las tasas de interés reales negativas y los elevados índices inflacionarios, y que oportunamente insiste en la importancia de la estabilización para lograr metas de crecimiento superiores, sus propuestas resultan ineficientes, incompletas e inequitativas, sobre todo en una perspectiva de largo plazo.

 

 

Las políticas neoliberales promovidas por los organismos financieros adolecen de un conjunto de inconsistencias y contradicciones que las ha­cen muy cuestio­nables tanto por su eficacia, como por el impacto en términos sociales y políticos, y por otra parte, presentan en su aplicación problemas de secuencia y grado. [23]  

 

Entre los aspectos criticables, se des­tacan varios por su gran connotación:

 

Las restrictivas disposiciones monetarias y fiscales contenidas en los programas de estabilización, si bien causan el efecto buscado de reprimir el exceso de gasto, traen tam­bién como consecuencia el descenso del nivel de producción y em­pleo. En aquellas economías que no presentan un ex­ceso de demanda glo­bal por la vía del consumo improductivo, ello puede conducir a una recesión eco­nó­mica.

 

Un efecto que inevitablemente se pone de manifiesto con dichos pro­gramas es la aceleración de las presiones inflacionarias por el in­cremento de los impuestos indirectos, la reducción o supresión de sub­venciones para el con­sumo y la producción, y la eliminación de los contro­les de pre­cios. Estas medidas elevan los precios de bienes y servicios, fundamentalmente de amplio consu­mo, y lógicamente dismi­nu­yen los salarios rea­les de los trabajado­res con bajo nivel de remuneración.[24]

La variable de ajuste más utilizada para equilibrar el presupuesto ha sido el gasto social. La disminución de la inversión y el gasto co­rriente en este ren­glón del presupuesto del Esta­do con­lleva la re­duc­ción de los desembolsos para educación, salud y seguridad social con los que tradicionalmente se benefician los sectores más pobres de la so­ciedad. Se afecta con ello no sólo la salud fí­­sica y mental de la población, sino el desarrollo futu­ro del país por la impor­tan­cia que para éste tiene un potencial humano sano y calificado.

 

Entre los condicionamientos neoliberales, está presente la prioridad del pago del servicio de la deuda externa. El pleno y puntual servicio re­sulta contradictorio, en muchos casos, con la dis­minución del déficit fis­cal -otro de los requeri­mientos tradi­cionales de las políticas de ajuste- pues se da la situación que en aque­llos deudores cuya deuda en gran medida está ga­rantizada públicamente, los gastos finan­cie­ros crecen sustancial­men­te y alimentan déficits presupues­tarios.

 

La utilización de la tasa de interés y el tipo de cambio como ins­trumentos eficaces en el ajuste y la estabilización, es también controverti­da. El manejo de estas variables provoca resul­tados satisfactorios sólo si se consideran adecuadamente los elementos de carácter estructural de las econo­mías, pues ambas ac­túan por igual sobre todos los sectores con independencia de la capacidad de respuesta de éstos.[25] Así, por ejemplo, la devaluación con fines competitivos, encarece también el servicio de la deuda externa e in­cremen­ta los costos de importación, no sólo de aquellos bienes cuyo consumo se desea frenar, sino además, de insu­mos bá­sicos para la formación de capital.

 

En general, es criticable la liberalización comercial indiscriminada. Una apertura irrestricta de las importaciones puede alterar no­tablemente el sistema de precios relati­vos, favorecien­do los bienes de consumo, en detrimento de las ta­sas de ahorro e inver­sión na­cional. Las políticas debe­rían ser más armónicas, y al tiempo que esti­mulen la produc­ción de bienes exporta­bles, deberán sustituir con eficiencia las im­portaciones.

 

Para preservar la estabilidad macroeconómica, el modelo neoliberal concede prioridad a las políticas de corte macro y descuida otras fuentes importantes de inestabilidad, como es la debilidad del sistema  financiero doméstico. De ello se deriva que, en materia de regulación y supervisión financiera, no haya hecho aportes productivos.

 

Varias razones se contraponen a los postulados neoliberales respecto al tamaño y las funciones del Estado en los países en desarrollo. En éstos están presentes numerosos factores que jus­tifican la intervención del Estado en la economía pues son países donde la menor movilidad de los recursos y la debi­li­dad del tejido empresarial hacen que las fuerzas del mercado tiendan a ser me­nos eficaces y en los que, por el alto grado de desigualdad en la dis­tribución de los ingresos entre regio­nes y categorías de renta, las repercusiones de la asignación de recur­sos de inversión con arreglo al me­canismo de mercado son más gra­ves. Mecanismos para mejorar la efectividad estatal y el papel del gobierno como complemento de la actividad del sector privado no están presentes en los programas de ajuste neoliberal.[26]

 

En resumen, el neoliberalismo es una ideología que se caracteriza por el fundamentalismo de mercado y, en consecuencia, da por sentado que éste es perfecto y critica el exceso de gobierno. No reconoce que un Estado débil impide el crecimiento y que la ausencia de un marco de regulación y supervisión para sectores estratégicos, como el financiero, es una fuente generadora de inestabilidad económica. Con su retórica de liberalización y privatización niega la necesidad de adoptar una estrategia compensada entre el Estado y los mercados, en virtud de la cual ambos jueguen de forma complementaria el importante papel que les corresponde en la sociedad.

 

 

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[1] En los años setenta se produjo un cambio sustancial en la noción del desarrollo económico, las teorías predominantes en los 50`s y 60`s, centradas fundamentalmente en la actividad real más que en cuestiones monetarias y financieras, se enfrentaron a paradigmas que defendían la reducción de la intervención estatal y la liberalización de los mercados. Las dificultades que enfrentaban las autoridades para hacer conciliar sus regulaciones con la realidad de los mercados nacionales e internacionales, fue en gran medida la razón por la cual, diferentes modificaciones de la teoría económica del laissez faire, ganaron adeptos en los 70`s. Ver, Devlin, Ffrench-Davis y Griffith-Jones (1995).

 

 

 

[2] A pesar que en la literatura sobre los modelos de represión financiera el efecto de la tasa de interés ha sido dominante, tanto McKinnon como Shaw reconocen que ellas no son las únicas determinantes del ahorro, la inversión y el crecimiento. En sus formulaciones se incluyen, con un peso importante, otras variables como son el Producto Nacional Bruto, la tasa de rendimiento del capital físico y el costo de oportunidad de mantener el dinero en términos reales.  

[3] McKinnon detalla las numerosas medidas que las autoridades públicas de los países en desarrollo adoptaban habitualmente para eludir los mercados de capital y favorecer el autofinanciamiento. Entre ellas señala: la protección arancelaria de las industrias incipientes, las licencias de importación, el abaratamiento de los bienes de capital y el privilegio de monopolio estatal.   

[4] El encaje legal grava la intermediación financiera con un impuesto discriminatorio en tanto implica pérdidas de intereses, y es calificado como ineficiente debido a que reduce el financiamiento disponible para el sector privado. 

 

[5] Desde el punto de vista keynesiano el ahorro financiero no se transforma automáticamente en inversión y puede, por el contrario, constituirse en una alternativa más atractiva para los agentes superavitarios, en dependencia del grado de rentabilidad que proporcione a su tenedor.

 

[6] Los trabajos de Milton Friedman, Harry G. Johnson, y Robert Mundell (entre otros autores) de fines de los sesenta y principios de los setenta, son considerados representativos de esta corriente de pensamiento.

[7] En ese marco teórico, la incertidumbre se define en función de los diversos rendimientos que pueden obtenerse con tenencias alternativas de activos físicos y financieros. En los países en desarrollo, ni el gobierno ni los individuos poseen activos con tasas de rendimientos cuya distribución de probabilidad estén objetivamente definidas. (Mckinnon, 1973). 

 

[8] McKinnon acepta que para moderar la incertidumbre y la fragmentación se requieren determinadas medidas monetarias y financieras, pero critica la forma en que éstas eran diseñadas e implementadas por las autoridades en los países en desarrollo.   

[9] Para McKinnon, la importancia de los recursos financieros foráneos radicaba en la poca disponibilidad interna de divisas para importar, más que como complemento de la inversión.       

 

[10] Teorema Modigliani-Miller.

[11] Persistentes presiones inflacionarias generan una gran incertidumbre respecto al poder de compra de la moneda, lo que a su vez dificulta los contratos de préstamos y reduce su amplitud y duración. En virtud de las expectativas permanentes de variación de precios, los mercados financieros se restringen a las transacciones de corto plazo en las que los costos y rendimientos son más predecibles, y soslayan las operaciones de financiamiento a largo plazo.

 

[12] La hipótesis de mercados eficientes presupone información perfecta, es decir que la información en poder de algunos participantes (individuos y empresas) no se distorsiona por lo que ellos mismos observen en el mercado, ni tampoco por acciones que ellos realicen, incluyendo la adquisición de información adicional. (Stiglitz, 1993).

 

[13] Dada la aversión al riesgo que tienen los inversionistas es que valoran el conjunto de activos no solo sobre la base del rendimiento sino también del riesgo implícito en los mismos.

[14] Estudios empíricos demuestran el hecho que los mercados no siempre reflejan adecuadamente los precios de los activos y provocan ineficiencia en la asignación de recursos. En ese sentido se han pronunciado economistas destacados como son: J. Tobin, P. Kennen y J. Stiglitz.

  

[15] Los inversionistas parten del hecho que, en ausencia de suficientes incentivos para disciplinar al mercado y de otras salvaguardas de los sistemas bancarios (requisitos de reservas y de capital, seguros al depósito, etc), las instancias gubernamentales e incluso los organismos internacionales, acudirán en su ayuda. Sea por el principio de demasiado grande para quebrar (Too big too fail) o para evitar que se propague el fracaso hacia otros inversionistas relacionados y se desencadenen fuertes convulsiones en el mercado.

[16] Economías estables pueden contagiarse con los problemas de otras cuando los inversionistas, actuando en manada, retiran sus capitales sin discriminar entre economías con fundamentos sólidos o débiles.

 

[17] El proceso de concentración del capital financiero se desarrolla mediante los procesos de fusiones y adquisiciones que, cada vez más frecuentes,  involucran sumas millonarias de capital.

 

[18] Otro elemento a considerar también es el costo del financiamiento, pues si el ritmo de crecimiento de los intereses es superior al de las exportaciones, la economía deudora tendrá que efectuar un severo ajuste para enfrentar el servicio de sus deudas.

[19] En las transacciones internacionales están presentes riesgos que no se encuentran en las que se efectúan internamente, como son el riesgo cambiario y el riesgo país. 

[20] Con la privatización se pretende matar dos pájaros de un tiro: mejorar la eficiencia económica y  disminuir el déficit fiscal. (Stiglitz, 1998)

[21] El diagnóstico neoliberal es que los problemas económicos de los países se deben exclusivamente a sí mismos por estar viviendo por encima de sus posibilidades reales.  

[22] Con estas medidas no se sustituye el énfasis que tradicional­mente el FMI pone en las políticas cambiarias, monetario-cre­di­ticia, fis­­cal y salarial, sino que lo complementan. Por e­jem­plo, las ta­sas de inte­rés y el tipo de cambio, varia­bles muy importantes pa­ra la esta­bili­zación, tienen una gran incidencia en las pers­pec­tivas de creci­miento económi­co dada su repercusión en las deci­siones de ahorro e inver­sión.

 

 

[23] Muchos postulados del paradigma neoliberal no son compartidos por prestigiosos académicos norteamericanos que consideran que la fe ingenua en el mercado puede resultar muy peligrosa. Por sus aportes en ese sentido se destacan Paul Krugman, Joseph Stiglitz y Jeffrey Sachs.

[24] En consecuencia, el peso del ajuste recae fundamentalmente en los trabajadores y otras categorías poblacionales de bajos ingresos que sufren severas afectaciones con la disminución del empleo y el incre­mento de los gastos en bienes y servicios esenciales, como son la ali­mentación, el alquiler, las tarifas eléc­tricas y el transporte.

[25] Las fluctuaciones de la tasa de interés y el tipo de cambio afectan el nivel de ac­tividad eco­nómica, la estructura de producción, la esta­bilidad de los precios in­ternos, los márgenes de in­ter­media­ción financiera y el movimiento de ca­pi­tales externos.

 

[26] En los países en desarrollo, el Estado juega un papel fundamental en el proceso de industrialización y modernización, en la reasignación de recursos, en la dotación de infraestructu­ra y servicios básicos, en el fortalecimiento de los recursos humanos y en la solución de problemas sociales y me­dio­am­bientales.